Hugo Rolando Briseño

Mis experiencias en la frontera

Durante los años que trabajé como agente del Border Patrol (Patrulla Fronteriza) en los alrededores de Laredo, Texas, Del Rio y Piedras Negras, tuve la ocasión de conocer a propietarios de enormes ranchos con miles de hectáreas de terreno.

Pude observar muchas veces como los jinetes en caballos metían el ganado a los corrales. Una vez en el corral, unos proceden a vacunar al ganado, mientras otras reses son subidas a los vehículos para llevarlos al mercado.

Nosotros como agentes, presenciábamos este proceso mientras revisábamos que no hubiera inmigrantes escondidos en dichos vehículos.

Cabe destacar que muchos de estos Jinetes eran mexicanos trabajando en estos ranchos colindantes con la frontera. Un caso que no olvido sucedió un día cuando llegué a mi oficina en Laredo, Texas.

Agentes del turno anterior al mío, habían detenido a un grupo de estos jinetes confundiéndolos con ladrones de ganado.

Lo que ocurrió, es que unos contrabandistas habían derribado el cercado con su camioneta para cruzar el rancho de forma ilícita.

Los detenidos estaban reparando la cerca cuando llegaron los agentes y como no hablan inglés no pudieron explicar la situación.

Afortunadamente se comprobó que esas personas se encontraban de forma legal en el país y que eran trabajadores del rancho, así que fueron puestos en libertad.

En estos ranchos inmensos, había pequeñas cabañas para los cazadores de venado en sus temporadas.

Los cazadores son gente con mucha experiencia en preparar venado y codornices en hornos de leña que le daba a la carne un sabor especial Muchas veces nos invitaron a compartir esa deliciosa carne asada.

En otra oportunidad, una mañana que me encontraba de servicio, me encontré un señor mexicano con una manguera sobre sus hombros. Parecía tener entre 70 y 80 años. Me presenté con él y le pregunté a dónde iba con esa manguera.

Me dijo que trabajaba en la “yarda” y que siempre cargaba con su manguera para poder regar las plantas y jardines temprano en la mañana antes que el sol estuviera muy fuerte.

Pensando que por su edad pudiera ser mi padre, le sonreí y le ofrecí invitarle un café. Pero amablemente declinó aceptar “para que no me gane la mañana” me dijo.

Otra experiencia que siempre recuerdo es cuando en uno de mis días libres decidí visitar a unos amigos, agentes como yo también.

Mira lo que encontramos, me dijeron a la par que me mostraban el cuero de una víbora de cascabel que media más o menos ocho pies de largo por cuatro de ancho.

En un extremo del cuero estaba aún la cabeza disecada del reptil y en el otro se conservaba el cascabel.

Mis amigos me contaron que se encontraban patrullando en el desierto cuando se les apareció la víbora y no tuvieron más remedio que dispararle matándola.
Como pueden ver, nunca faltan las sorpresas para quienes se dedican a patrullar la frontera.

Desde aprender el proceso de arrear ganado en un rancho o comer carne de venado asada hasta encontrarse con una víbora de cascabel.
Y a mí me cabe la satisfacción de haber vivido todas esas experiencias.

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