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Los mexicanos a los que Estados Unidos sí les dio la bienvenida

Oí que estaban contratando gente para venir y trabajar en Estados Unidos, así que me emocioné. Hubo gente que creyó que nos traían para pelear en la guerra y por eso no vinieron. Pero yo dije: ‘Si me van a matar, que me maten’, y vine“.

Lorenzo Cano* fue uno de cientos de miles de mexicanos, la mayoría pobres, muchos analfabetos, casi todos campesinos, que fueron a trabajar legalmente en EE.UU. durante las décadas de 1940, 50 y 60.

Les llamaban “braceros” y formaron parte del más amplio programa de trabajadores invitados llevado a cabo por Estados Unidos.

“Para suscribirse al (programa) Bracero, tenías que presentarte con tus papeles y ya. Te hacían un examen de sangre… algunos se desmayaban con eso. Luego te fumigaban con toda tu ropa puesta, antes de dejarte cruzar la frontera”, cuenta Cano.

Cano venía de una aldea del estado de Durango y tenía apenas 18 años de edad cuando se inscribió por primera vez al programa Bracero, poco después de que éste se implementara a principios de la década de 1940.

De guerra en guerra

Otro bracero fue Antonio Pérez*, quien dejó a su familia en Michoacán para irse con su hermano mayor a EE.UU. en busca de trabajo.

“La gente volvía a casa con jeans y radios. Todos queríamos lo mismo. Yo estaba trabajando como profesor de escuela primaria pero pagaba muy poco y mi hermano me dijo que me fuera con él a EE.UU.”.

Pérez se unió al programa en la década de los años 60, cuando estaba a punto de terminar.

Originalmente, el programa Bracero fue concebido como una medida temporaria para compensar la escasez de mano de obra en Estados Unidos durante a la Segunda Guerra Mundial.

Pero fue extendido cuando el país se involucró en el conflicto de la Península Coreana.

Tras suscribirse, Pérez fue llevado en tren a la frontera y luego en un viaje por tierra de 10 horas hasta una granja en California.

“Recuerdo que nos llevaron a un campo enorme en el que había mucha gente que también había sido contratada y venía de todas partes…”.

“Éramos como 400. Mi contrato era del 13 de junio a mediados de octubre. Empecé recogiendo melones y, cuando se acabaron, nos mandaron a recoger tomates”.

Aunque los trabajadores eran reclutados inicialmente dentro de México, a menudo los procesaban en EE.UU. por personas como Inés Fresquez*, estadounidense de origen mexicano.

Según cuenta, a principios de los 50, cuando ella trabajaba en la oficina de procesamiento, nunca había escasez de mexicanos queriendo trabajar en Estados Unidos y, aunque no les gustaba que ella conversara con los jóvenes que pasaban por su escritorio, Fresquez dice que no podía evitar sentir lástima por ellos.

Viviendo en cajas

Pero no todos respetaban o le daban la bienvenida a los mexicanos.

Los labradores estadounidenses temían que les quitaran el trabajo y que no pudieran competir con campesinos a los que les pagaban sueldos más bajos.

En teoría, los trabajadores invitados sólo podían ser contratados en áreas designadas como necesitadas de mano de obras. Pero a menudo eso era pasado por alto.

También se suponía que había garantías para los derechos de los mexicanos, pero en la práctica, las condiciones variaban mucho.

Lorenzo Cano, quien trabajó durante 11 años a temporadas como bracero, recuerda que en una de las granjas los alojaban en lo que describe como una pequeña “caja”.

“Vivíamos en pequeños refugios de madera en los campos cuando estábamos cosechando. No había baños, y teníamos que calentar agua en un barril y luego echárnosla encima.

“Cada uno tenía que hacer sus propias tortillas. Comíamos frijoles secos y a veces nos traían arroz con leche, pero nunca carne ni nada así“.

“Vivíamos 10, a veces 15 o 25 en esas chozas. El viento se colaba por las paredes y teníamos que tapar los huecos con pedazos de tela.

“Esa era la vida de bracero”.

Melones, algodón, tomates…

A los braceros mexicanos los mandaban a trabajar por todo el país. Algunos incluso trabajaron en los ferrocarriles.

Generalmente no tenían salarios fijos sino que les pagaban por los resultados: a Lorenzo por la libra de algodón que recogiera; a Antonio, por la caja de tomates o melones.

“A eso de las 5 p.m. la campana sonada e íbamos a un gran salón con largas mesas para comer”, cuenta Antonio Pérez.

“Nos daban nuestras raciones pero teníamos que pagar por todo, incluso la comida.

“Me acuerdo que las primeras dos semanas que trabajé, gané sólo US$120, que no era mucho. Cuando se acabó el programa Bracero me quedé recogiendo melones. Gané más trabajando ilegalmente que cuando tenía contrato”.

“Todos fuera”

En el momento cumbre del programa Bracero -a mediados de la década de 1950-, aproximadamente medio millón de mexicanos se inscribieron en un año.

La mayoría de los contratos duraban unos pocos meses y cuando terminaban, les decían a los mexicanos que se fueran a casa.

“Era ‘todos fuera’, y nos teníamos que ir. Algunos ‘desertaban’ y trataban de quedarse, pero yo no”, recuerda Lorenzo Cano, quien regresaba a trabajar en los campos de su familia en Durango hasta la siguiente vez que podía conseguir un contrato en el norte.

Por su parte, cuando su contrato terminó, Antonio Pérez se filtró por la frontera ilegalmente y terminó lavando pisos en un hotel de Los Ángeles.

Ambos hombres más tarde consiguieron documentos para quedarse legalmente en Estados Unidos.

“Creo que me iba mejor cuando trabajaba sin permiso pues ganaba más, aunque todo dependía de mí”, señala Pérez.

“Aunque como bracero, podía llevar cosas a casa -un nuevo par de pantalones o algo para los niños-.

Realmente, no me puedo quejar de EE.UU.“, concluye el ex bracero.

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