|
En meses recientes no es nada raro escuchar a personas lamentándose sobre la mala situación económica por la cual estamos atravesando en este país. Todos los días nos enteramos de negocios que están cerrando sus puertas y dejando a sus empleados en la “prangana”.
Existen rumores que indican que la compañía más grande de automóviles -General Motors- va a radicar una quiebra pronto. En la bolsa de valores de “Wall Street” las noticias son negativas casi todos los días y no se le ve fin a la situación. Los que están haciendo dinero en cantidades enormes son los petroleros, entre los que se incluye a los Bush, Cheney, Rice, Rumsfeld, etc. Cada tres meses se escuchan las noticias sobre los aumentos en las ganancias de Exxon, Shell, BP y Chevron. La historia americana en términos económicos estaba basada en la teoría de que el presente es mejor que el pasado y el futuro será mejor. Así fue que nos criaron a nosotros, pero eso ya no funciona como antes. El sueño americano fue canjeado por el mito del miedo y fraccionamiento de la sociedad. Ahora se persigue el poder con avaricia y la acumulación de fortunas con las cuales se compran a los funcionarios públicos. Un sentido de impotencia política permea todo lo que tocan los poderosos. La ciudadanía se resigna a aceptar como bueno lo que los adinerados le permiten recibir a través de malabarismos que se burlan de la democracia como a ellos le viene en gana. Celebramos elecciones con la esperanza de que las cosas mejoren, pero sabemos que los “colmillús” de las grandes empresas van a controlar el juego político, si se les permite continuar en el poder. Los retos que existen a lo largo del país son grandes y la ciudadanía se nutre de la esperanza de que los políticos despierten de su letargo y le metan mano a esos retos con el vigor que se necesita para conquistarlos. En mi pueblo dicen que “de la esperanza vive el cautivo”, pero los golpes recibidos durante los últimos ocho años nos roban esa esperanza y sin ella perdemos mucho talento que es indispensable para poder diseñar y construir un destino digno que debemos tener los que amamos la libertad. Nuestra generación recibió el planeta en que vivimos para cuidarlo y dejarlo en mejores condiciones a las generaciones venideras. No fue para hacerlo estragos y convertirlo en un vertedero. Los adinerados crecen y toman por cualquier medio los mejores espacios en la tierra, espacios que el público necesita para el uso de todos y no de "grupitos especiales". Los acuerdos secretos que se utilizan para beneficiar a los poderosos, como lo hizo el vicepresidente Dick Cheney con las petroleras, envenenan la confianza que es necesaria para un buen Gobierno. Hablar de “libertad”, individual o colectiva, como lo hicieron nuestros antepasados ya no tiene gran valor. El bien común no existe para los poderosos, ellos lo predican, pero con prédicas huecas. Para todos los efectos estamos en una guerra no declarada entre las clases que compartimos la nación. Eso es así, y la triste realidad es que los de abajo estamos en retaguardia y perdiendo terreno constantemente. ¿Qué opina usted querido lector? |