ColumnistasHugo Rolando Briseño

BUSCANDO A FALSIFICADORES DE DOCUMENTOS

Amigos lectores, los saludo y sigo contándoles mis memorias de cuando llegué a Atlanta. Como ya les conté, al empezar a trabajar como agente especial de ICE y como hablaba español me asignaron a la zona de Doraville.

En esta área era en donde se juntaban muchos trabajadores hispanos -creo que hasta ahora lo hacen- había iniciado la investigación sobre los que vendían documentos falsos y ya sabia la zona en la que operaban.

Le conté a otro agente la forma cómo hice contacto con el primer grupo tratando de encontrar más información. El agente me dijo que estaba casi seguro que los hombres con los que hablé no eran trabajadores, sino que “enganchadores” de los falsificadores. Este compañero me informó que los falsificadores ganaban mucho dinero pero que también se cuidaban mucho y no daban la cara.

“Contratan a unas personas para que se hagan pasar por trabajadores y les busquen clientes”, me dijo. El agente me dijo que él había estado un tiempo en esa investigación y que tuviera mucho cuidado.

Tratando de conocer un poco más y con ganas de resolver el caso, una semana mas tarde regresé al mismo lugar.

Era un centro comercial con al menos siete tiendas, todas hispanas, restaurante, lavandería, un supermercado y otros más. Como la vez anterior, en cada negocio había hispanos parados afuera en grupitos y platicando entre ellos.

Eran como las 10 de la mañana y en esta oportunidad, el día estaba claro, aunque se sentía frío.

Yo estaba con ropa usada y zapatos de trabajo de esas botas amarillas que se usan en construcción. Entonces, me acerqué a la lavandería y entré al lugar en donde se veía mucho movimiento. Miré alrededor a ver si veía a alguno de los hombres con los que platiqué la vez pasada. No estaba ninguno de ellos, así que me aproximé a otros que estaban viendo la television. Me senté y saludé a un hombre joven que estaba sentado tomando una soda.

Me contestó, así que aproveché para preguntarle si no conocía a los que hacían los “papeles”. Me miró y me dijo que eso era muy caro y que porque mejor no hacía los papeles “derechos”. Puse cara de sorpresa y entonces sin dejarme hablar me dijo que él conocía a un buen abogado. “Esta aquí cerquita, si quieres te llevo para que preguntes”, se ofreció. Le dije que sí y le di las gracias muchas veces. Salimos y caminamos varias calles por unos diez minutos. Llegamos a otro grupo de tiendas y al acercarnos el levantó la mano y saludó a dos hombres.

Los hombres -bien vestidos- se acercaron y mi acompañante me presentó diciendo, “Este cuate acaba de llegar y quiere hacer papeles derechos” y se marchó diciéndome “suerte compa”.

Los dos hombres me llevaron a una pequeña oficina que tenía una placa en la entrada con un nombre que decía abogado.

Para no hacerles el cuento largo, una vez que respondí todas sus preguntas me dijeron que si podían sacarme los papeles. “Para usted, su esposa y sus tres hijos. Todo legal. Les pregunte cuánto costaría “Solo $3,500 dólares” me dijeron. Sentí que la cara se me ponía roja del coraje. Ellos pensaron que era de vergüenza. “No tengo ese dinero, pero lo juntaré y regreso”, les dije y me despedí prometiendo volver.

No lo podía creer. Los delincuentes usaban hasta una oficina para engañar a la gente y quitarles su dinero. Y de paso ensuciaban a abogados serios que de verdad atendían a la gente. Tenía que descubrirlos. Pero no era tarea nada fácil.

Hugo Briceño sirvió 40 años en la Patrulla Fronteriza, posteriormente fue agente especial y trabajó en operativos conjuntos con la DEA, el FBI y otras agencias. También fue instructor en la Academia de Entrenamiento de Agentes Federales del Law Enforcement. A través de esta columna narra sus
experiencias en exclusiva para el Periódico La Visión.

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