ColumnistasHugo Rolando Briseño

Cualquier forma es buena para los que cruzan la frontera

Las formas que usan muchos de los llamados “coyotes” para pasar a los inmigrantes es a veces difícil de creer.

Eso me recuerda una ocasión en que mis compañeros y yo vimos una camioneta con asientos muy rellenos, bonitos y grandes. La sorpresa nos la llevamos cuando al revisar el vehículo nos percatamos de que el asiento estaba “relleno” pero con otra persona.

Pero la sorpresa no quedó ahí. Al seguir con la revisión encontramos un doble fondo de la camioneta en la cual viajaban otras cuatro personas más. Iban todos apretujados y entumecidos de las piernas por la incómoda posición y algunos ni siquiera podían mantenerse de pie cuando los bajamos.

En otra ocasión mientras patrullábamos la frontera del Río Grande, escuchamos unos gritos en la noche pidiendo auxilio. Logramos rescatar a algunos, pero una mujer no corrió con la misma suerte y se la llevó la corriente. Fue espantoso escuchar sus gritos de desesperación y hasta ahora me parece estar escuchándolos. Lanzamos la alerta al helicóptero, pero no hubo nada que pudieran hacer. Otra vida perdida en el afán de cruzar la frontera.

Al ver a la mujer ahogarse el contrabandista quiso huir a México, pero logramos atraparlo.

A los coyotes, narcotraficantes y explotadores de mujeres y niños los llevábamos de inmediato a la cárcel para que fueran procesados por delito de tráfico de personas.

La verdad es que nunca tuve simpatía por estos traficantes de personas que no sienten compasión por nadie.

Para ejemplo, recuerdo otro caso en el que al conductor de un auto le hicimos señal de que se detuviera.

No solo no se detuvo y estuvo a punto de arrollarnos, sino que trató de huir a alta velocidad sin consideración alguna por las personas que llevaba escondidas. Iniciamos la persecución y al detenerlo encontramos que llevaba en la cajuela a cuatro personas y otras dos bajo el asiento trasero. Qué peligroso. Pero pareciera que para los inmigrantes cualquier forma es buena para cruzar.

Todos creen que un agente de la frontera es cruel y sin sentimientos. Sin embargo, como dice el dicho, “caras vemos, corazones no sabemos”.

Y con esto les quiero confesar que durante muchas veces por mi trabajo estaba obligado a detenerlos, pero también ayudé a mucha gente.

Lo más duro es en tiempo de invierno cuando llegan temblando de frío y sin zapatos y con mucha hambre.

En muchas ocasiones tuve que comprarles comida a los detenidos y los llevábamos a una iglesia donde les daban zapatos, ropa y cobijas.

En estas Iglesias o centros de ayuda, generalmente los dejan pasar la noche y que se recuperen de lo que sufrieron durante el viaje.

Una de las cosas que aprendí en mis años de agente de la frontera, es que en la primavera empiezan a brotar las flores del cactus que produce la rosa amarilla de Texas.

Pocas personas saben que los hispanos de la zona recolectan estas hojas tiernas de cactus a las que les retiran las espinas.

Una vez que tienen un buen número de estas hojas de cactus; las cocinan en una sartén, agregando camarones secos, un poco de tocino frito y huevos.

¡Que plato tan delicioso! Se me hace agua la boca de solo recordarlo.

Y más deliciosos lo sentíamos ya que muchas veces, esto era la única comida caliente del día para nosotros, porque cuando patrullas la frontera no hay muchos sitios en los que puedas comeralgo caliente.

Y con esto me despido hasta la próxima semana. Muy pronto les contaré cómo trabaja un agente especial encubierto en las ciudades.
No te pierdas los detalles.

Hugo Briceño sirvió 40 años en la Patrulla Fronteriza, posteriormente fue agente especial y trabajó en operativos conjuntos con la DEA, el FBI y otras agencias. También fue instructor en la Academia de Entrenamiento de Agentes Federales del Law Enforcement. A través de esta columna narra sus experiencias en exclusiva para el Periódico La Visión.

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