Hugo Rolando Briseño

El precio de la lucha contra narcotraficantes es alto

Un día vi el amanecer en un conocido restaurant tomando café con mi amigo el Jimmy Thomasing. Jimmy también era investigador, pero trabajaba con otra agencia del gobierno estatal de Georgia. Hacíamos planes para la siguiente investigación en el área de Doraville. Los casos parecían difíciles, pero investigarlos para nosotros eran cosa diaria.

A veces lo comparábamos con cualquier otro trabajo o producto que vende alguna empresa. Los delincuentes buscan lugares en donde cometer sus fechorías cada día.

Siempre usando la imaginación, tratábamos de pensar en qué lugares podríamos encontrarlos. En ocasiones íbamos a la estación de autobuses que llegaban a la ciudad procedentes de diferentes lugares. Esa mañana, tomando el cafecito caliente, nos pusimos de acuerdo para interceptar un autobús de pasajeros en la carretera.

Conseguimos ayuda de unos oficiales que llevaban un perro entrenado olfatear diferentes tipos de drogas. Le pedimos al patrullero que nos encontrara en unos de los caminos que entraban a Atlanta.

El punto elegido quedaba a unas diez millas afuera de los límites de la ciudad.

El oficial nos dijo que estaban listos para apoyarnos y que llevarían al oficial canino. La fecha elegida fue un día martes ya que estaba recibiendo informes de un transporte de drogas. Un día antes de la fecha elegida, me encontré con mi informante. El hombre me contó que en el autobús que llegaría a mediodía venía una carga de 50 libras escondidos en unas maletas color gris.

Nos informamos de antemano si el autobús hacia alguna parada en otro pueblo antes de llegar a la ciudad de Atlanta.

Una vez confirmamos que no descenderían pasajeros en la ciudad anterior a Atlanta, coordinamos la operación.

Era un día normal de poco tráfico a esa hora del día. En un lado de la carretera se encontraba el vehículo de la policía con los oficiales y el perro policía. En el otro lado, nosotros en nuestro vehículo.

Encendimos las luces y le hicimos señas al conductor de que se detuviera la orilla de la carretera. Una vez que el autobús se estacionó en la orilla, le pedimos al conductor que se bajara y abriera los compartimientos de carga.

Los pasajeros alarmados se asomaban por las ventanillas tratando de adivinar lo que pasaba Me subí al autobús y les informé que todos los pasajeros que debían bajar a recoger sus maletas.

Algunos preguntaron porqué y les contesté que había problemas con el motor y que serían transferidos a otro vehículo. Una vez que todo mundo recogió su maleta les pedimos que se pusieran en línea.

El oficial de policía comenzó a soltar su perro pastor alemán para olfatear, el equipaje de los pasajeros. El perro olfateó y de pronto se sentó al de una maleta gris que sostenía un hombre joven.

El pasajero nos pidió que quitáramos al perro pues le daba terror y que le faltaba la respiración. Le dijimos que no tuviera miedo, que solo queríamos que abriera la maleta.

A ese punto, efectivamente el hombre estaba pálido con cara de terror. Con voz muy bajita nos dijo que no la abriría porque era propiedad privada.

Nos identificamos como agentes y le explicamos que habíamos recibido una alerta de que en ese bus se transportaba droga.

El hombre llevaba no una sino dos maletas y al abrirlas encontramos 50 libras de marihuana en cada una. Otra misión cumplida gracias al esfuerzo en conjunto con otros oficiales. A los dos años o más, me encontré de nuevo con uno de los oficiales que nos habían apoyado. Con tristeza me dijo que el otro oficial había sido asesinado en otra carretera al hacer una parada de otro vehículo.

Ese es el alto precio que muchos oficiales pagan en la lucha contra los traficantes de drogas.

Hugo Briceño sirvió 40 años en la Patrulla Fronteriza, posteriormente fue agente especial y trabajó en operativos conjuntos con la DEA, el FBI y otras agencias. También fue instructor en la Academia de Entrenamiento de Agentes Federales del Law Enforcement. A través de esta columna narra sus experiencias en exclusiva para el Periódico La Visión

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