Rogelio Ríos

¡Bravas!

Las protestas públicas de las mujeres en México y varios países de América Latina son una forma de inconformidad política que, por definición, recurre a cualquier modo de protesta en el cual puedan ser escuchadas: pintas, intervenciones (performances), marchas con gritos y puños en alto.

Fijarnos más en la forma de la protesta que en su fondo es una manera de errar el camino: es olvidar las violaciones, feminicidios, abusos y acosos en mil maneras imaginables por criticar tal o cual barda pintada o aparador roto.

No disculpo ni exonero a nadie por recurrir a protestas que en ocasiones se vuelven violentas, pero no puedo dejar de observar que cualquier incomodidad o daño que pudieran ocasionar en las calles no es ni remotamente comparable a la violencia que ellas sufren.

La ecuación no es aritmética (“a la violencia recibida respondo con más violencia) sino cualitativa: si no hago lo que tengo que hacer en las calles, no provocarè una reacción en las autoridades ni en la sociedad misma, y seguirè siendo “invisible” como mujer violentada. No nos perdamos, entonces, en discutir por las ramas cuando es el tronco el que recibe los hachazos de la violencia contra la mujer.

Consideremos lo siguiente: En México, 6 de cada 10 mujeres mexicanas han enfrentado algún incidente violento durante su vida; el feminicidio es la expresión más violenta de este fenómeno.

Entre enero y octubre del 2019, la incidencia de feminicidios en México continuó en aumento con 809 casos registrados. Con esta tendencia, el año cerrarácon cifras superiores al 2018 y se reafirmará un dato preocupante: en los últimos cuatro años, el feminicidio se incrementó en 111 por ciento.

En Chile, durante el 2018 hubo 15 mil 533 casos de violación u otros delitos sexuales, lo cual equivale a un promedio de 42 casos diarios o dos casos cada hora.

No nos asombre que desde Valparaíso, en tierras chilenas, haya llegado a todo el mundo el canto “El violador eres tú”, que junto con una intervención llamada “Un Violador en tu Camino” hiciera mundialmente conocido el colectivo LASTESIS, conformado por cuatro mujeres activistas chilenas: Daffne Valdès, Sibila Sotomayor, Paula Cometa y Lea Càceres.

En reciente entrevista para el diario español El País, el colectivo decía que “nos llena de orgullo darnos cuenta de cómo podemos organizarnos rápidamente entre las mujeres y las disidencias. LASTESIS fuimos el punto de partida, quizá la excusa, de grandes ganas contenidas. La opresión hacia nuestros cuerpos es un lenguaje genérico”.

Se vendan los ojos cuando hacen su performance, nos dicen, porque eso representa a los marchistas heridos en los ojos por los perdigones de los carabineros chilenos: 352 casos reportados por el Instituto Nacional de Derechos Humanos. “La culpa, la pena, la humillación”, nos dicen las activistas chilenas, “y la vergüenza moral deben sentirla los abusadores y no las mujeres cuyos cuerpos han sido violentados. Es lo realmente importante que se está generando”.

En Chile, en México, en toda América Latina y Estados Unidos, la protesta femenina debe esforzarse por hacerse escuchar con un ruido más fuerte que el de su opresión. De otra manera, nadie les hará caso.

“Toda mujer posee un arsenal de ira”, escribió la feminista norteamericana Audre Lorde, “potencialmente útil en la lucha contra la opresión, personal e institucional, que está en la raíz de esa ira.

“Bien canalizada, la ira puede convertirse en una poderosa fuente de energía al servicio del progreso y del cambio. Y cuando hablo de cambio, me refiero a la modificación profunda y radical de los supuestos en que se basa nuestra vida”.

No, no son mujeres “mitoteras”, “alborotadoras” ni “feminazis” las que salen a las calles a volcar su enojo y a poner fin a muchas injusticias. Son mujeres bravas, lúcidas y decididas a todo mientras cantan y bailan, ¡qué hermosa manera de protestar! Ya no las detendrá nadie.
Rogelio.rios60@gmail.com

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