Rogelio Ríos

Mi Nochebuena

“Esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad”, Villancico

La flor de Nochebuena revela en sus hojas de verde oscuro e intenso rojo, de tacto suave y color explosivo, de aspecto serenamente hermoso, una cara que en este 2019 se convierte en reclamo de paz.

No voy a contar los muertos (asesinados, ejecutados, masacrados por la violencia) por miles, sino las almas: cada mexicano violentado se lleva consigo un pedazo del alma nacional, nos desgarra con su ausencia, nos postra de rodillas pidiendo el amparo y la misericordia de Dios. ¿Cuántos hombres y mujeres no podrán sentarse, este 24 de diciembre, alrededor de la mesa familiar a comer sus ricos tamales, los romeritos, el pavo y atomar su tequilita, abrazarse y reír con los suyos?

¿A dónde fueron los niños que cayeron, muchas veces, de las manos de sus padres y madres porque a la violencia no la detiene ningún escrúpulo moral?

Seis niños y tres madres mexicanas mormonas, atacados, acribillados y quemados vivos algunos de ellos, no alcanzaron para hacer reaccionar al gobierno y a la sociedad sobre la urgencia de enfrentar la violencia con entereza e integridad, no con cálculos políticos fríos. Mujeres y niñas que desaparecen cada día sin dejar huella; cuerpos de mujeres violadas y tiradas por ahí en

cualquier camino.
Voces de mujeres que protestan y, quién lo dijera, son criminalizadas ¡por protestar!, son el foco de reproches y escarnio, mientras los violadores y feminicidas siguen viviendo en las sombras.
Veo mi planta de Noche buena y me digo que no puede ser verdad, que el rojo primoroso de sus hojas, la perfección redonda de la plantita, su fulgor de serenidad no alcanza a aliviar el sufrimiento de muchos mexicanos.
No voy a contar los muertos, sino las almas. No diré que son tantos y tantos miles, que este año la cifra será superior al anterior, que la tendencia estadística, dice alguien en el Gobierno, empieza a marcar “un punto de inflexión”.

No tengo corazón para decirle a nadie que perdió a un ser querido que su hijo es la víctima 33 mil 192 del año.
No somos números, somos personas de carne y hueso, de nombre y apellido, de padres y madres, de tíos y tías, primos, sobrinos, nietos, cuñados; de compadres del alma y amigos y vecinos y conocidos.
Somos gente con alma y entrañas, con emociones que se nos desbordan ante el panorama de este año en que la violencia se nos vino encima como una ola negra, mientras las autoridades se entretenían en discutir por tonterías y traicionando nuestra confianza.
“Dulce Niño de Belén”, dice una oración católica, “haz que penetremos con toda el alma en este profundo misterio de la Navidad. Pon en el corazón de los hombres esa

paz que buscan, a veces con tanta violencia, y que sólo tú puedes dar”.
No es un rojo de sangre la hoja de la Nochebuena, sino de adorno y compañía, la nota alegre y amorosa en los hogares mexicanos, la cuatlixòchitl azteca, “la más bella”, “la flor que se marchita”, la que sólo en esta época del año se cultiva.

Era en otro tiempo una nota de vida y devoción, una bella planta que fue nombrada en náhuatl y en castellano, una tradición que sobrevivió a la violenta gesta de la Conquista de México, llena de destrucción y muerte y de la cual surgiò la nación mexicana. Por eso creo firmemente que esta plantita que tengo ante mis ojos, que acaricio con mis manos y que alegra la mesa de mi cocina, sobrevivirá a esta ola de violencia que ensangrentó el 2019, y sus hojas volverán a ser el rojo de fiesta, ya no el rojo de muerte.

No, no voy a contar los muertos, sino las almas. No somos números, somos personas. Deseo a todos una Noche buena en paz, abrazados de su fe y de sus familias.

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