Rogelio Ríos

Violencia sin muros

Por una de esas irónicas coincidencias de la vida, se vive hoy una época de alta violencia tanto en México como en los Estados Unidos.

Desde El Paso, Texas (22 víctimas), hasta Coatzacoalcos, Veracruz (30 víctimas), no hay frontera que la contenga, no se detiene la ola de muertes trágicas en eventos de tiroteos masivos o ataques a civiles de manera indiscriminada.

No cesa tampoco el flujo de asesinatos en menor escala, en incidentes por venta de drogas, violencia familiar, furia en el camino, altercados entre vecinos, etcétera.

Para quien quiera consumir su vida en un evento violento, la mesa está puesta para hacerlo en ambos lados de la frontera: se consiguen armas con suma facilidad y legalmente en Estados Unidos; se pueden conseguir igualmente en el mercado negro en México.

Ni siquiera podría decir que -a diferencia de México- la mayor solidez de las autoridades e instituciones de justicia en Estados Unidos es un factor de disuasión para las personas violentas, pues la intensidad de los tiroteos masivos demuestra que, quienes los hacen, no tuvieron miedo de la justicia ni de la policía.

Violencia sin muros fronterizos, sorda y nefasta. Se lleva vidas, se roba la alegría de muchos hogares, le arrebata a sus padres y madres a los niños: los huérfanos de El Paso, los huérfanos de Coatzacoalcos.

Suceden en unos pocos minutos esas tragedias, pero sus huellas permanecen toda la vida con los sobrevivientes y las familias de los que perecieron.

Se rompen muchas vidas en formas que ni imaginamos, se mancillan también las ciudades en donde ocurren, sus comunidades se sacuden. Las naciones enteras lloran esas tragedias.

¿Qué hacer en México y Estados Unidos ante esta ola de violencia? Pregunto no para que respondan las autoridades, sino para que lo hagan los ciudadanos: ¿cómo se puede vivir así?

No he dejado de escuchar últimamente, en México, que “ya ni Estados Unidos es seguro”, cuando se comenta entre los mexicanos los terribles tiroteos masivos que se suceden una y otra vez, sin freno, en la Unión Americana.

Puede ser, así lo creo, que mexicanos y estadounidenses encontremos un camino de convivencia si nos une el dolor de las tragedias, pero sobre todo, el ferviente deseo de que no se repitan.

Tal vez en el luto y la tristeza que dejan en mexicanos y norteamericanos las matanzas que hoy vivimos se dejen de lado las diferencias en el color de la piel, en las nacionalidades, en el estatus económico y social, en las ideologías y entonces, sin esos velos que nublan la razón, encontremos finalmente el entendimiento entre ambo pueblos.

No esperemos mucho de nuestros políticos a ambos lados de la frontera. Sus palabras y sus actos denotan que están más preocupados por sus carreras políticas, por no perder el poder, que por el bienestar de sus gobernados.

Busquemos, tendamos las manos, abramos nuestras conciencias hacia quienes a ambos lados de la frontera han padecido el manotazo brutal de la muerte violenta en sus hijos y familiares.

Confortemos juntos nuestros corazones, en El Paso, en Coatzacoalcos, en Odessa (5 víctimas), en Tepalcatepec, Michoacán (11 muertos en una batalla campal entre narcotraficantes y las autodefensas del pueblo), pues nada ni nadie podrá regresarnos a nuestros muertos.

Viene a mi mente el título del cuento clásico del escritor Edmundo Valadés (1915-1994), “La Muerte tiene Permiso”, para describir lo que vivimos en estos días: asesinatos masivos, familias rotas, vidas truncadas, huérfanos y más huérfanos, como si, en efecto, hubiera un permiso para matar, pero ¿quién lo dio? No más de eso. Ante la impotencia de las autoridades para protegernos, tendamos nuestras manos hacia quienes sufren, no importa de qué lado de la frontera se encuentren, para consolarlos, para consolarnos.

rogelio.rios60@gmail.com

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